Que diferente es cuando recordamos nuestra historia cristiana

En el año 1743, David Brainerd decidió entregar su vida al ministerio de predicarle el evangelio a los nativos aborígenes en el territorio norteamericano. Algo muy llamativo de esto es que lo hizo sabiendo que él padecía de tuberculosis. La tuberculosis es una enfermedad que se contagia apenas por respirar el mismo aire que el enfermo. Aún en el día de hoy la tuberculosis mata más de un millón de personas por año en el mundo. Teniendo tuberculosis fue a ellos para predicarles el evangelio.


Dios hizo lo imposible a través del trabajo de David Brainerd con los nativos. Su diario personal muestra claramente que él se encontró con pueblos con corazones extremadamente duros que varias veces quisieron matarlo, pero también nos muestra cómo clamó incesantemente a Dios, y ÉL obró lo que solo ÉL puede hacer.


Hasta que unos años después, gravemente debilitado por la tuberculosis, fue a pasar su último tiempo de vida a la casa de Jonathan Edwards. Jonathan Edwards, lejos de rechazarlo por el peligro que su enfermedad podía ser para él y su familia, lo cuidó con muchísimo amor. La persona de esa familia que principalmente lo cuidó y alimentó fue una de las hijas de Jonathan Edwards, Jerusha, de 17 años. Jonathan Edwards dijo al respecto que ella “se dedicó a hacerlo con gran placer, porque veía en él a un eminente siervo de Jesucristo” (“The Works of J. Edwards. Vol. 1″. Pag. xciv).


David Brainerd falleció en una cama de esa casa en 1747. Jerusha, la hija de Jonathan Edwards, por cuidarlo, se contagió también de tuberculosis, y falleció 4 meses después. Aún sabiendo esto, Jonathan Edwards dijo: “No quisiera concluir mis observaciones sobre las misericordias que rodearon al fallecimiento del señor Brainerd, sin reconocer con gratitud la bondadosa dispensación de la providencia hacia mí y mi familia al disponer que fuera llevado a mi casa en su última enfermedad y muriera allí. De esa manera, tuvimos oportunidad para conocerlo bien y conversar con él, y para ver su conducta en la agonía, para oír sus últimas palabras, para recibir su consejo al morir, y para tener el beneficio de sus oraciones mientras agonizaba” (“The Life of D. Brainerd Vol. 7” – J. Edwards. Pag. 541).


El trabajo, vida y muerte de David Brainerd, influenciaron a muchísimos cristianos en diferentes épocas. Henry Martin, misionero con tuberculosis en India y Persia: “Oh, bendita la memoria de ese amado santo. Ningún testimonio escrito, fuera de la Biblia, me hizo tanto bien”. William Carey, misionero en India, consideraba a David Brainerd como una de sus más grandes influencias: “Oh… que disparidad entre él y yo. Él siempre constante, y yo inconstante como el viento”. Jim Elliot, misionero en Ecuador, asesinado por la tribu Auca: “Me produce un avivamiento espiritual el leer el diario de David Brainerd”. Robert Murray M’Cheyne dijo que no podía explicar todo lo que significaba para él leer el diario de David Brainerd.

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